Desde los primeros tiempos de mi formación cristiana la figura del Espíritu Santo se me hacía de dificil comprensión. No entendía bien a qué se refería, cuál era su rol. Luego descubrí una fiesta, Pentecostés, que era “el cumpleaños de la Iglesia”, en la cual recibíamos el Espíritu Santo. Entonces fui buscando en la Biblia, profundizando mi conocimiento sobre él. Hoy es un nuevo Pentescostés, por lo que quiero volcar lo que he aprendido para que podamos vivir esta fiesta con la alegría de saber sobre su significado y los dones que Dios nos regala a través del Espíritu Santo.
Jesús cumple su promesa
El Espíritu Santo está en cada corazón que sabe amar. Es la porción de Dios que llevamos en nuestro interior. Habitualmente se dice que “Dios habita en el corazón del Hombre”: nos estamos refiriendo al Espíritu Santo, la porción de Dios que está en constante contacto con nosotros. Dios Padre, desde el Cielo, se acercó a nosotros a través de su hijo. Pero cuando llegó el tiempo de que Jesús volviera al padre, al ascender no nos dejó solos y desamparados, sino que prometió derramar el Espíritu que el llevaba en el corazón de todos nosotros.
El libro de los Hechos de los Apóstoles narra que el día de Pentecostés, es decir, 50 días después de la Pascua, el Espíritu Santo cambió radicalmente a los apóstoles, descorazonados por la muerte del Maestro. Este relato tiene una simbología muy importante para entender la importancia del Espíritu. Estando reunidos, reciben en forma de un viento fuerte al Espíritu Santo. La idea del soplo está vinculada con la creación, cuando mediante un “soplo” Dios nos transfririó su aliento de vida. Por eso, este Espíritu da vida en abundancia, fuerza y coraje.
Pero también nos dice que se presentó como lenguas de fuego. El símbolo del fuego nos muestra que Dios, por medio de su Espíritu, purifica nuestro interior. No existe otro elemento capaz de purificar tanto como el fuego: todo se reduce a cenizas y permite el nacimiento de algo nuevo. El Espíritu Santo es luz que nos ilumina interiormente, es calor de un hogar, es concordia, es armonía. Las lenguas nos recuerdan que es a través de la comunicación que el pueblo de Dios mantiene su unidad; en este caso, nos referimos a un lenguaje comun que todos entienden: el del amor cristiano.
Testigos del amor de Dios
El Espíritu Santo transformó a los apóstoles, que se habían encerrado por miedo, en hombres valientes. Salen a las calles y gritan al mundo el mensaje de Jesús: se transforman en testigos del amor de Dios. El Espíritu Santo nos puede cambiar y renovar profundamente también a nosotros, transformándonos en testigos de su amor.
Ser testigo es difundir y defender el mensaje de Cristo; pero esto no es hablar todo el día de él, sino más bien vivir coherentemente con el mensaje que proclamamos, predicar con el ejemplo. Y sobre todo, no debemos confundir el testimonio valiente y decidido con la falta de respeto a la conciencia ajena.
Como la tarea es compleja, Dios nos regala a través de su Espíritu Santo 7 dones para que podamos discernir y cumplir con nuestra misión.
Sabiduría: consiste en saber distinguir entre lo que es esencial en nuestra vida.
Entendimiento: los caminos de Dios pueden ser difíciles, este don nos permite reconocer a Dios como último sentido de la vida, y aceptar sus caminos con confianza.
Consejo: nos ayuda a dedidir con responsabilidad, basándonos en la reflexión, para poder así aconsejar a los demás.
Ciencia: cuando no sabemos cómo seguir, cuando tenemos problemas e inquitetudes y no sabemos cómo obrar, este don nos ayuda a distinguir la verdad del error, lo bueno de lo malo.
Fortaleza: ser fiel a Cristo requiere de coraje, cumplir la voluntad de Dios no es fácil. Este don nos da la fuerza para continuar adelante sin desalentarnos.
Piedad: consiste en la gratitud para con Dios, basada en la confianza en su amor. Es el don que nos mueve a amar a Dios y a los hombres, viviendo en unidad con Dios y los hermanos.
Temor de Dios: contrariamente a lo que se cree, este don no es angustia o miedo a Dios, sino admitir que Dios es siempre más grande de lo que podemos imaginar, es respetarlo como padre amoroso y buscar agradarlo como reflejo del amor que él nos da.
Cuando los dones que recibimos obran en nosotros, nuestra vida da frutos perceptibles:
Amor: pasamos a ser testimonio vivo del amor de Dios, amando a Dios y a los demás.
Alegría: manifestamos la presencia de Dios en nuestra vida encarando con alegría aún las tareas más difíciles.
Fidelidad: así como Dios es fiel y no nos abandona, permanecemos junto a él aún cuando la tormenta es fuerte.
Paz: nos transformamos en elemento de concordia para los que nos rodean
Confianza: nos entregamos plenamente a la voluntad de Dios con la certeza de que todo lo que recibamos de él será bueno.
Paciencia: tenemos la tranquilidad para esperar de modo activo (obrando) las bendiciones de Dios.
Mansedumbre: obramos serenamente, con dulzura, pero de modo contínuo.
Bondad: obramos sin esperar nada a cambio, por la felicidad de obrar bien.
Humildad: somos modestos y reconocemos la grandeza de Dios, obrando con sencillez y sin menospreciar a los demás.
Dominio de si: sabemos controlar nuestras pasiones y vivimos con moderación.
Te invito entonces a meditar cada don, y a pedirlo para tu vida. Deseo que el Señor te conceda esos dones y que puedas dar ten tu vida frutos buenos y abundantes.
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