Archivo de Junio 2007

h1

La oración de los hijos de Dios

Miércoles 20 Junio, 2007

La oración, para que sea fecunda, tiene que brotar del corazón y llegar al corazón de Dios. ¡Mira como Jesús enseñó a sus discípulos a orar! Cada vez que recitamos el Padrenuestro, Dios, -así lo creo yo-, dirige su mirada hacia sus manos, ahí donde nos tiene grabados: “en las palmas de mis manos te tengo tatuado” (Is 49,16) Dios contempla sus manos y nos ve en ellas, acurrucados en ellas. ¡Qué maravilla la ternura de Dios!

¡Oremos, digamos el Padrenuestro! ¡Vivamos el Padrenuestro y seremos santos! En esta oración está todo: Dios, yo misma, el prójimo. Si perdono puedo ser santa, puedo orar. Todo procede de un corazón humilde. Habiendo un corazón humilde sabremos amar a Dios, amarnos a nosotros mismos y amar al prójimo. (Mt 22,37ss) No es nada complicado y, no obstante, nosotros complicamos tanto nuestras vidas, cargándolas de tanta sobrecarga… Un sola cosa cuenta: ser humilde y orar. Cuanto más oréis, mejor lo haréis.

Para un niño no es nada difícil expresar su inteligencia cándida en términos simples que dicen mucho. Jesús ¿no dio a comprender a Nicodemo que hay que volverse como un niño? (Jn 3,3) Si oramos según el evangelio, Cristo crecerá en nosotros. ¡Ora con amor, a la manera de los niños, con ardiente deseo de amar mucho y hacer amable al que no es amado.

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997) fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

h1

Dar

Jueves 14 Junio, 2007

“Aquellos han dado de lo que les sobraba,
pero ella ha dado lo que necesitaba”

Debéis dar lo que os cueste alguna cosa. No basta con dar solamente eso de lo que podéis prescindir, sino también de aquello de lo que no podéis ni queréis prescindir, aquellas cosas a las cuales estáis atadas. Entonces vuestro don llegará a ser un sacrificio precioso a los ojos de Dios… A eso yo le llamo el amor en acto. Todos los días veo crecer este amor, en los niños, en los hombres y en las mujeres.

Un día bajaba yo por la calle; un mendigo se me acerca y me dice: “Madre Teresa, todo el mundo te hace regalos; también yo quiero darte alguna cosa. Hoy he recibido tan sólo veintinueve céntimos en todo el día y te los quiero dar.” Reflexioné un momento; si acepto estos veintinueve céntimos (que no valen prácticamente nada), él corre el riesgo de no poder comer nada esta noche, y si no se los acepto, le voy a dar un disgusto. Entonces, extendí la mano y cogí el dinero. Nunca jamás he visto sobre ningún rostro tanto gozo como en el de este hombre, por el mero hecho de haber podido dar algo a Madre Teresa ¡Se sintió muy feliz! Fue para él, que había mendigado todo el día bajo el sol, un enorme sacrificio el darme esta irrisoria cantidad con la que no se podía hacer nada. Pero fue maravilloso también porque estas pequeñas monedas, a las que renunciaba, llegaban a ser una gran fortuna porque habían sido dadas con tanto amor.

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad – Un Camino muy simple

h1

Llamado de Cristo

Sábado 09 Junio, 2007

“Regocijaos conmigo,
porque he encontrado a mi oveja,
la que había perdido”

Siento que Jesús está cada vez más cerca de mí. Ha permitido estos días que caiga en el mar, que me ahogue en la consideración de mi miseria y de mi orgullo, para hacerme comprender hasta qué punto tengo necesidad de él. En el momento en que estoy a punto de sumergirme, Jesús, caminando sobre las aguas, viene, sonriente, a mi encuentro para salvarme. Quisiera decirle con Pedro: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5,8) pero la ternura de su corazón se me adelanta y con la dulzura de sus palabras me dice: “No tengas miedo” (Lc 5,10).

¡Oh, nada temo a vuestro lado! Descanso enteramente en vos; como la oveja perdida siento los latidos de vuestro corazón; Jesús, una vez más os digo que soy todo vuestro, vuestro para siempre. Con vos soy verdaderamente grande; sin vos no soy que una débil caña, pero apoyado en vos soy una columna. No debo olvidar jamás mi miseria, no para temblar continuamente, sino para que, a pesar de mi humildad y mi confusión, me acerque cada vez con más confianza a vuestro corazón, porque mi miseria es el trono de vuestra misericordia y de vuestro amor.

Beato Juan XXIII (1881-1963), papa. Diario del alma, 1901-1903