Archivo de 11/11/08

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¡Qué lio!

Martes 11 Noviembre, 2008

Mi vida es un lío. ¿Soy capaz de reconocerlo? Necesito tener receptividad. ¿Estoy dispuesto a reconocer que el sufrimiento y la congoja los fabrico yo mismo? Si eres capaz de darte cuenta, es que comienzas a despertarte.

Ordinariamente, buscamos alivio y no curación. Cuando sufres, ¿estás dispuesto a separarte de ese sufrimiento lo necesario para analizarlo y descubrir el origen que está detrás? Es preferible dejar que sufras un poco más, hasta que te hartes y estés dispuesto a ver. O despiertas tú o la vida te despertará.

Cuando la relación entre amigos no funciona lo bien que tu quisieras, puedes aliviarla. Puedes pararte y comenzar una tregua, pero si no has puesto al aire las premisas que están debajo, el problema sigue en pie y seguirá generando sentimientos negativos.

Las componendas y los alivios son manejos comerciales del “buen comportamiento” que te ha metido en la mente tu sentido de “buena educación”. Si los miras bien despierto verás que no son más que utilización, comercio de “toma y daca” y chantaje más hipocresía. Cuando veas esto, ¿quieres quitarte un cáncer, o tomar un analgésico para no sufrir? Cuando la gente se harta de sufrir es un buen momento para despertar.

“El mundo está lleno de dolor, que genera sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el deseo. Si quieres arrancarte esa clase de dolor, tendrás que arrancarte del deseo”.

El deseo, en español, abarca, deseos buenos, que son estímulos de acción y deseos estériles que a nada conducen. A estos deseos, para entendernos, vamos a llamarlos “apegos”.

La base del sufrimiento es el apego, el deseo. En cuanto que tú deseas una cosa compulsivamente, que pones todas tus ansias de felicidad en ello, te expones a la desilusión de no conseguirlo. De no haber deseado tanto que tu amigo te acoja, te contemple y te tenga en cuenta; de no desearlo tanto, no te importaría tanto su indiferencia ni su rechazo. Donde no hay deseo-apego no hay miedo, porque el miedo es la cara opuesta del deseo, inseparable de él.

Sin esta clase de deseos, nadie te puede intimidar, ni nadie te puede controlar o robar, porque, si no tienes deseos, no tienes miedo a que te quiten nada.

Extraído de: Anthony de Mello: “Autoliberación Interior”