Señor, he salido a la puerta
y fuera había personas:
iban, venían, marchaban, corrían.
Las motos corrían.
Los coches corrían.
Los colectivos corrían.
Todo el mundo corría.
Corrían para no perder el tiempo.
Corrían a la caza del tiempo.
Corrían para ganar tiempo.
¿Has escuchado lo que todos dicen?
“Hasta luego, Señor, perdóneme, no tengo tiempo.”
“Volveré a pasar, no puedo esperar, no tengo tiempo.”
“Termino esta carta porque no tengo tiempo.”
“Me hubiera gustado ayudarte, pero no tengo tiempo.”
“Imposible aceptar, me falta tiempo.”
“No puedo reflexionar, no puedo leer, me falta tiempo.”
“Me gustaría rezar, pero no tengo tiempo.”
Tu comprendes, Señor, no tienen tiempo.
Cuando niños, tienen que jugar y no les sobra tiempo.
Cuando muchachos, hay que hacer tareas, no hay tiempo, ¡más adelante!
Cuando jóvenes hacen deporte, no tienen tiempo, ¡será después!
Después vienen las pruebas y el trabajo, no tienen tiempo, ¡ya vendrá el momento!
Recién casados tienen su casa, hay que arreglarla, no tienen tiempo, ¡después!
Ya padres de familia tienen sus hijos, no tienen tiempo, ¡más tarde!
De mayores enferman y tienen que cuidarse, después…
Ya están agonizando, no tienen… ¡demasiado tarde!
Ya nunca tendrán tiempo.
Señor, te debes haber equivocado en tus cálculos;
las horas resultan demasiado cortas,
los días son demasiado cortas,
las vidas son demasiado cortas.
Tú Señor, que estás fuera del tiempo,
sonríes al vernos batallar con él.
Tú sabes lo que haces,
tú das a cada uno el tiempo justo
para hacer lo que esperas de uno.
Pero no conviene perder el tiempo,
malgastar el tiempo,
matar el tiempo,
pues el tiempo es un regalo que tú nos haces,
un regalo fugitivo que no se puede meter en una lata de conservas.
Señor, sí tengo tiempo,
todo el tiempo que tú me das:
los años de mi vida,
los días de mis años,
las horas de mis días,
todas enteras mías.
A mí me toca llenarlas, tranquilamente, con calma,
pero llenarlas bien enteras, hasta los bordes,
para luego ofrecértelas
y que de su agua desabrida tú hagas un vino generoso
como hiciste en Caná de Galilea.
Por eso, Señor, no te pido el tiempo
de hacer, esto, aquello y lo de más allá,
Te pido solamente la gracia de hacer bien a tu ciencia
lo que me pides que haga en el tiempo que tú me das.

