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La parábola de la viña

Domingo 14 Junio, 2009

La viña es figura nuestra, porque el pueblo de Dios, enraizado en la cepa de la viña eterna, se levanta por encima de la tierra. Con la abundancia de un sol ingrato, una veces brota y florece, otras se reviste de hojas, otras, cuando crece y extiende su ramas formando los sarmientos de un viñedo fecundo, se asemeja al yugo amable de la cruz… Hay razón, pues, para llamar viña al pueblo de Cristo, ya sea porque pone la señal de la cruz en su frente (Ex 9,4), ya sea porque se recogen sus frutos en la última estación del año, ya sea porque, tal como ocurre en las hileras de un viñedo, pobres y ricos, humildes y poderosos, sirvientes y amos, en la Iglesia todos son perfectamente iguales…

Cuando atamos la vid, se endereza; cuando se la poda, no es para empequeñecerla, sino para hacerla crecer. Lo mismo pasa con el pueblo santo: si se le ata, se libera; si se le humilla, se endereza; si se le corta, de hecho se le corona. Aún mucho mejor: así como el retoño, sacado de un viejo árbol, se injerta en otra raíz, igualmente el pueblo santo… alimentado con el árbol de la cruz… se desarrolla. Y el Espíritu Santo, como esparcido sobre los surcos de un terreno, se vierte sobre nuestro cuerpo lavando todo lo que es inmundo y enderezando nuestros miembros para encaminarlos hacia el cielo.

Esta viña, el Viñador tiene la costumbre de escardarla, atarla, cortarla (Jn 15,2)… Una veces quema con el sol los secretos de nuestro cuerpo y otras los riega con la lluvia. Ama escardar su terreno para que las malas hierbas no perjudiquen a los retoños; vigila para que las hojas no le hagan demasiada sombra…, no impidan les de la luz a nuestras virtudes, y eviten que maduren nuestros frutos.

San Ambrosio (hacia 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia. Tratado sobre el Evangelio de san Lucas, 9, 29-30

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