
Para mí, la vida es Cristo
Miércoles 17 Junio, 2009Los santos son el ejemplo que tenemos de lo que debe ser vivir esta unidad de vida. Ellos han sabido integrar todas las facetas de su vida teniendo como único deseo agradar a Dios. San Pablo, una vez más, nos lo expresa claramente: ‘no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí’ (Gal 2, 20); ‘para mí la vida es Cristo’ (Fil 1, 21). Dejar que la vida de Cristo sea nuestra vida de tal modo que vayamos teniendo ‘los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús’ (Fil 2, 5). Esa es la lucha que se nos plantea a los que queremos seguir con decisión los pasos de Jesús. Quizás el ejemplo más claro lo tenemos en santa María. ‘Mujer del silencio y de la escucha, dócil en las manos del Padre, la Virgen María es invocada por todas las generaciones como ‘dichosa’, porque supo reconocer las maravillas que el Espíritu Santo realizó en ella’ (IM 14). En este mes de mayo, su fidelidad puede ayudarnos a ser conscientes de la necesidad de nuestro compromiso.
Sabemos cuál fue su respuesta al querer de Dios, nada más enterarse de su Plan de Salvación, ‘hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1, 38). y la contemplamos a través de todas las páginas del Evangelio correspondiendo a esa llamada, con absoluta disponibilidad y prontitud. La vida del Espíritu, la conciencia de obrar siempre como criatura de Dios, como hija del Padre, hacen que todas las cosas en su vida hagan referencia a Dios, a su designio amoroso.
Nada hay en ella que desdiga de la confianza que Dios ha depositado en ella. Su vida es un avanzar continuo en el seguimiento de su Hijo, siempre atenta a la voluntad del Padre. Vivir así es encontrar el sentido de la propia existencia, es conocer la grandeza de nuestra vocación, es asumir nuestra vida como camino de salvación y de liberación no ya para nosotros solos, sino también para aquellos que nos rodean, que nos observan, que nos quieren.
Contando con los fracasos personales, frutos del pecado y de nuestra falta de correspondencia a la gracia, permitimos al Espíritu que trabaje en nuestro interior. La unidad de vida no es fruto, por lo tanto de nuestro empeño, de nuestros esfuerzos. Sólo Dios puede hacerlo en nosotros. Hay que dejar hacer al Espíritu Santo, conscientes de nuestra fragilidad y de nuestra incapacidad personales para alcanzar metas que nos superan. Sin embargo tenemos que querer colaborar con esta obra del Espíritu Santo. Sin refugiarnos en una falsa humildad, ir poniendo los medios que están a nuestro alcance por conseguirlo.
