« ¡Tengo fe, pero dudo, ayúdame » (Mc 9,24)
«Señor, aumenta mi fe» (Lc 17,5). Meditemos las palabras de Cristo y digámonos: si no permitiéramos que nuestra fe se entibiara e incluso se enfriara, que perdiera su fuerza mariposeando nuestros pensamientos sobre cosas fútiles, dejaríamos de conceder importancia a las cosas de este mundo y recogeríamos nuestra fe en un rinconcito de nuestra alma.
Como el grano de mostaza la sembraríamos en el jardín de nuestro corazón, después de haber arrancado de él todas las malas hierbas, y el grano crecería. Con una firme confianza en la palabra de Dios quitaríamos de nosotros una montaña de aflicciones, mientras que, si nuestra fe es vacilante, no desplazará ni tan sólo una topinera. Para acabar esta conversación os diré que, puesto que toda confortación espiritual supone una base de fe, y que sólo Dios la puede dar, no debemos dejar nunca de pedírsela.
Santo Tomás Moro (1478-1535), hombre de estado inglés, mártir
Diálogo del consuelo con la tribulación
