Saber hablar, saber callar

Saber hablar y saber callar, no sabemos que será más fácil o más difícil, más conveniente o más meritorio.

Callar de sí mismo es humildad; no hablar de sí, cuando siente uno el deseo de exponer los propios méritos o las propias ideas o iniciativas, es signo de verdadera humildad.

Callar los defectos ajenos es caridad; no criticar a los demás, sus actitudes, sus intenciones, sus actos; no emitir juicios comparativos; no hablar tanto de los otros, siempre con un dejo de crítica o pesimismo, es ciertamente caridad.

Callar a tiempo es prudencia; no hablar cuando nos sentimos con el impulso de la reacción, cuando nos viene a la punta de la lengua toda serie de palabras, invectivas o denuestos, eso es prudencia.

Callar en el dolor, es heroísmo; no tratar de volcar en los corazones de los demás las penas propias, los dolores íntimos; hacerles partícipes no tanto de los dolores, cuanto de las alegrías, reservándonos para nosotros las penas, eso es heroísmo.

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Los enemigos de Cristo lo acusaban falsamente, pero “Él seguía callado y no respondía nada” (Mc. 14, 61)

“El hombre discreto se calla” (Prov 11.12)

“Hay silencioso tenido por sabio y quien se hace odioso por su verborrea… El sabio guarda silencio hasta su hora, mas el fanfarrón e insensato adelanta el momento” (Ecl 20 5-8)

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Alfonso Milagro. Los cinco minutos de Dios.

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